sábado, 15 de junio de 2013

La persona adecuada


NO

... Lamentamos con nuestro mejor amigo que seamos del mismo sexo, porque si hubiésemos sido de distinto sexo, nos habríamos casado. No habríamos tenido miedo el uno del otro, ni vergüenza, ni horror. De esta manera queda una sombra sobre nuestra vida, que ahora podría ser incluso feliz: el no saber si un día una persona del otro sexo nos podría amar. Las personas del otro sexo caminan a nuestro lado, nos rozan al pasar por la calle, tienen quizá pensamientos sobre nosotros que nunca podremos saber; tienen en sus manos nuestro destino, nuestra felicidad, porque, entre ellas esté quizá la persona que nos va bien, que podría amarnos y a quién podríamos amar, la persona adecuada para nosotros; pero, ¿dónde está? ¿cómo reconocerla? ¿cómo hacer que nos reconozca entre la multitud?¿ en que lugar de la ciudad, en que lugar de la tierra vive esa persona adecuada? Esa persona destinada a nosotros, dispuesta a responder a todas nuestras preguntas, dispuesta a escucharnos hasta el infinito sin aburrirse, a sonreír ante nuestros defectos, a vivir toda la vida con nuestro rostro ¿Qué palabras deberíamos pronunciar para que nos reconozca entre miles? ¿Cómo deberíamos vestir, a que lugares deberíamos ir para encontrarla?

Atormentados por estos pensamientos, en personas del sexo contrario nos asalta esta timidez, tememos que una de ellas sea la persona adecuada para nosotros y que con una palabra podamos perderla. Pensamos mucho cada palabra antes de pronunciarla, y las pronunciamos deprisa. El miedo nos pone la mirada oscura y nos hace hacer pequeños gestos tajantes; nos damos cuenta de ello, pero nos decimos que si es la persona adecuada para nosotros deberá reconocernos, incluso en esos gestos tajantes y en esa voz ahogada. Todos los días al levantarnos, nos decimos que ese puede ser el gran día. Nos vestimos y nos peinamos con infinito cuidado, venciendo las ganas de salir con esos pantalones viejos pero tan cómodos y esas zapatillas ya gastadas. Doblamos las esquinas con cuidado no vaya a ser que esa persona aparezca rápida y repentinamente de frente y ni nos demos cuenta, al conocer a una persona del sexo opuesto durante ya un tiempo solemos llegar a pensar que esa es la persona hecha para nosotros; nuestro corazón late desbocado, ante el sonido de su nombre, ante la curva de una nariz o de una sonrisa, ante sus pequeñas pecas, sólo porque en nuestro interior hemos decidido de golpe que esa es la nariz, esas son las pecas, ese es el nombre, y esa es la sonrisa de la persona adecuada para nosotros. Un coche de carcasa amarilla de ruedas peculiares , una vieja señora ,nos hacen sonrojar, porque creemos que son el coche y la madre e la persona adecuada, el coche en el que haremos nuestro viaje de boda, la madre en la que tendremos que aprender a confiar. 


De repente nos damos cuenta de que nos hemos equivocado, no era esa la persona adecuada, nos parecía que no, pero le resultamos absolutamente indiferentes y no sufrimos por ello porque no tenemos tiempo para sufrir. De repente el coche de la carcasa amarilla, el nombre y la sonrisa pierden su color y se precipitan entre mil cosas inútiles que rodean nuestra vida. Pero no tenemos tiempo de sufrir estamos a punto de irnos de veraneo y estamos absolutamente seguros que en el veraneo encontraremos a la persona adecuada. Nos separamos sin dolor de nuestra vida cotidiana y seguros de que el primer tren que cojamos nos llevará junto a esa persona. Quien sabe por qué de repente estamos seguros de que la encontraremos. Pero pasan los largos meses de verano, aburridos y en soledad. Le escribimos a nuestro amigo cartas interminables para consolarnos del fallido encuentro. Acabado el verano debemos confesarnos que no ha ocurrido nada, pero no estamos decepcionados, ha llegado el otoño, la persona adecuada nos espera a la vuelta de la esquina, o quizás ya no.